La verdad detrás del conejo blanco.
Como toda historia, siempre hay un inicio, aunque en esta no haya un punto claro desde dónde empezar. Hablar del mundo habitual resulta tan complejo que, a veces, lo más sencillo es buscar un refugio para no nombrarlo… o correr para no enfrentarlo.
Qué curioso: de niño recuerdo que los días pasaban lentos. Miraba el reloj con ansiedad y pensaba que ser adulto era sinónimo de libertad. Añoraba crecer.
Hoy soy adulto y los días pasan rápido. Muchos dicen que son las preocupaciones las que provocan ese efecto. Yo creo que también es la prisa.
El mundo laboral gira en torno a métricas que cumplir, resultados que entregar, objetivos que no esperan. Ese es el discurso habitual. Durante mucho tiempo también fue el mío.
Hasta que una noche ordinaria, después de un día pesado, algo se quebró.
El conejo blanco volvió a aparecer en mis sueños.
No era nuevo. Era el mismo conejo que llevaba años visitándome: una imagen recurrente, una presencia que surgía entre la niebla y se escondía entre la maleza o los edificios, como si intentara que lo siguiera sin decir una sola palabra.
Pero esa noche fue distinta.
Se acercó de un brinco y, al estar frente a mí, movió los bigotes y susurró:
—Sé quién eres.
Lo vi brincar con alegría, lleno de energía, mientras se alejaba. La sensación fue inmediata: libertad. Saltaba ligero, sin peso, sin urgencia. Cada brinco se sentía más alto… pero la caída también era más profunda. En uno de esos saltos, el miedo —la idea de que pudiera ser yo y la caída fuera demasiado alta— me despertó.
Eran las 5:46 a. m. Le gané al despertador. Me levanté y pensé, casi en automático: “un día más”. La rutina comenzó: trabajo, responsabilidades, pendientes, resultados que entregar. Todo parecía funcionar como una máquina perfectamente programada.
Y entonces pensé algo que me estremeció:
¿Y si no es solo un día más de trabajo? ¿Y si también es un día menos de vida?
Esa pregunta abrió otras que ya no pude ignorar.
¿En qué momento dejamos de disfrutar lo esencial? ¿Existirá una forma distinta de hacer las cosas?
Las noticias en mi país eran cada vez más tristes. La violencia se volvió normalidad. La violencia verbal se convirtió en lenguaje cotidiano; en el tráfico parecía que la gente gritaba para existir, para imponerse, para hacerse escuchar.
Luego llegó la pandemia.
Nos aisló. Nos separó con miedo. Convirtió el contacto en pasado y el silencio en rutina. Aprendimos a vivir encerrados, a trabajar desde pantallas, a medir la vida en conexiones estables. El mundo se detuvo… y, paradójicamente, entendimos lo esencial: extrañábamos saludar, abrazar, estar cerca, convivir.
Cuando regresamos a la llamada “normalidad”, muchas cosas volvieron. Pero algo dentro de nosotros ya no quedó en su lugar. Aun así, mi esperanza por la humanidad persistía.
Hasta que una noche una llamada me despertó. Las estadísticas que antes veía en las noticias recorrieron mi cuerpo y me dejaron helado.
Un acto inhumano arrebató la vida de mi hermano.
Dejó a mis sobrinas sin padre. A mis padres, sin hijo. Y a mí, una ausencia que no se explica: solo se aprende a cargar.
Ahí entendí algo que no se aprende en libros ni en cursos: la violencia no solo quita vidas; también rompe narrativas, fractura futuros y te obliga a mirar de frente lo frágil que siempre ha sido todo.
El mundo siguió / Como si nada.
En redes sociales, la frustración era evidente. La opinión se volvió un arma, usada para herir sin medir el impacto. Se hablaba de humanidad sin detenerse a practicarla.
En mi trabajo, la incongruencia también era clara: marcas queriendo vender más a costa de lo que fuera, usando discursos de empatía como estrategia, convirtiendo la ética en adorno y la verdad en recurso negociable. Vi envidias laborales disfrazadas de profesionalismo, competencia vestida de éxito, personas pasando por encima de otras sin mirar su historia.
Se hablaba de resultados, pero no de sentido.
De impacto, pero no de consecuencias. De crecimiento, pero no a costa de que o quien.
Fue entonces cuando comprendí, con una claridad incómoda, que la humanidad no estaba perdida. Estaba desconectada de sí misma. En su afán por medirlo todo había olvidado sentir. En su necesidad de demostrar había dejado de escuchar. En su urgencia por avanzar había dejado atrás lo más importante: al otro.
Y aun así, algo persistía.
Una certeza silenciosa: no todos habíamos renunciado a lo humano. Si yo lo sentía, alguien más también debía sentirlo. Si yo lo veía, alguien más también debía estar mirando con los ojos del conejo blanco, aunque ya no lo soñara.
Tiempo después, en medio de un nuevo trabajo, llegó una invitación que se sintió como una luz: conocí una tribu.
Un espacio donde el trabajo era colectivo, donde el enfoque no era solo el resultado, sino la humanización. Donde acompañar a personas y grupos en situación de vulnerabilidad no era discurso, era práctica. Ahí entendí algo simple y profundo: la vulnerabilidad no es debilidad; es honestidad.
Y lo más sorprendente fue descubrir un refugio donde reír no era una obligación social, sino una consecuencia natural. Donde bailar, brincar y jugar no era “estar loco”, sino otra forma de comunicar. Volví a sentirme como el conejo de mis sueños: libre, tranquilo, presente.
Mi último sueño con el conejo llegó cuando menos lo esperaba. En medio de la duda —de si era yo el problema por soñar con una utopía de conciencia y bienestar social—, apareció un conejo enorme. A la distancia solo distinguía su silueta, pero al acercarme, cientos de conejos saltaron, revelando que todos eran el mismo.
Corrieron formando un círculo a mi alrededor. El conejo blanco de mis sueños estaba frente a mí, tomando forma humana, mientras se desvanecía al mismo tiempo que mis ojos se abrían para recibir un nuevo día. Me preguntaba qué significaba ese sueño.
Ubuntu.
Trabajo en común. Ese mismo día me reencontré con una palabra del pasado que vino a dar sentido a mi futuro: un concepto africano que significa “yo soy porque nosotros somos”.
Y entonces lo entendí.
Ese sueño había sido una epifanía y todo cobró sentido.
Sí, hay una forma distinta de hacer las cosas.
Pero no solo de hacer. También de ser.
No puedo esperar a que el mundo cambie, pero puedo cambiar mi mundo, y eso es suficiente. El mundo está lleno de conejos blancos, y encontrarnos para crear una madriguera es lo que me hace seguir saltando. Porque hoy sé que no es un lugar: es una forma de estar en el mundo.
La decisión de aportar a la humanidad desde donde estoy.
De ayudar a otros.
De sumar, entre personas.
De ser Ubuntu.
Ese es hoy el motor de White Rabbit Digital Studio.
No buscamos ser perfectos.
Buscamos ser: Ser conscientes, ser responsables, ser humanos, incluso cuando duele.
White Rabbit existe para quienes todavía apuestan por la humanidad, aun sabiendo que implica incomodarse, reconocer errores y elegir, todos los días, no olvidar al otro.
Esta no es la historia de un conejo.
Es la historia de un encuentro.
Es una historia que no tiene fin.
Porque siempre habrá alguien que decida seguir al conejo blanco.
—
Jordán Santiago Baños
Fundador de White Rabbit
Marketing humanista
